Cosechador de alquimias

Johnston Foster cuenta historias de conclusiones implícitas y orígenes misteriosos. Habla a través de objetos y narraciones que nacen de una infinidad de mitos urbanos, cultura popular e incluso violencia. Sus esculturas son una una crítica reflexiva pero optimista a la vez. Meditan en torno a la supervivencia humana física, mental y emocional a partir del humor y la fatalidad.

El poder de la imaginación le intrigó desde que era niño, una imaginación que alimentada por sus padres fue creciendo inmensamente. Crear cosas a partir de cualquier material era un tipo de experiencia que de una u otra forma lo empoderaba. Aunque no supo que sería artista hasta llegar a la escuela de arte, la dosis de arte impartida por sus padres a través de los museos y el prestigio de instituciones como la Smithsonian, tuvo una inmensa influencia en su decisión de desplegar ideas. Los objetos e imágenes dentro de iglesias, templos y espacios sagrados, generaron algo –no sabía muy bien que en ese momento– en la cabeza de este artista, algo que estaba ligado a la espiritualidad más que a las instituciones como tal. Todo esto amplificó la palabra imaginación en su mente, lo cual, de cierta manera, lo llevó a querer ser parte contribuyente de la cultura, los artistas y sus legados.

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Pero no solo la experiencia ligada a estos espacios lo guiaron por un amplio camino creativo. Su obsesión por la televisión, el cine y la literatura fueron medios de inspiración para crear sus propios objetos, imágenes y mundos exclusivos para su satisfacción. Al fusionar una serie de intereses “adolescentes” como el skate y las casas de árbol, junto con la música, la cultura pop y las bellas artes, los límites de sus esfuerzos creativos se desdibujaron para llegar aún más lejos de lo que podía pensar.

Pero, ¿de qué trata su obra? Las esculturas de este artista estadounidense son un conjunto de personajes unificados en constante expansión. Son la creación de un mundo físico y conceptual. Los espectadores en su obra tienen la libertad de crear espacios entre los objetos para adaptarlos en su propia interpretación del mundo. Son entonces, historias abiertas, sin un final específico. Dice Foster que sus esculturas son la búsqueda permanente por trascender a través de la creación de una alquimia cosechada, utilizando materiales que encuentra y recolecta como cazador de un mundo urbano en expansión. Dicha condición de cazador surgió mucho antes de consolidarse como artista. Desde niño se consideró una rata, una urraca, una barracuda atraída por cosas brillantes y coloridas que recogía compulsivamente; cosas que le llamaban la atención, objetos que creía se podían ver bien y con los cuales podía llegar a hacer algo en un futuro.

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Aunque dicha recolección era un sin sentido en ese momento, como artista descubrió potencial en estos objetos. Hoy, Johnston, recoge constantemente basura y detritus que encuentra en carreteras y contenedores de basura. Lo que le llama la atención, lo pone en la parte trasera de su camión y lo almacena todo en su estudio donde realiza una rigurosa organización y un minucioso inventario. La recogida de materiales puede ser aleatoria o específica. A veces tiene suerte de encontrar lo que busca y otras veces simplemente aparecen otras cosas que funcionan y no esperaba en absoluto. El azar y la casualidad son parte de su proceso.

Ahora, en ocasiones puede utilizar un material de inmediato y en otras, pueden pasar años antes de saber dónde y cómo utilizarlo. Lo que definitivamente es un hecho, es que todos estos objetos encontrados, son el motor generador de la aventura y la satisfacción en su trabajo; la compra de materiales, asegura él, nunca podrán ofrecerle la historia y el bagaje que hay detrás de un material que al haber tenido otros usos y propietarios, ofrecen una carga física y conceptual que no existe en una tienda de materiales. Pero no solo eso, la mitad de su trabajo es precisamente eso: encontrar, recoger y crear un inventario que le permitirá durante días, meses e incluso años, bocetar, retocar, experimentar, inventar, editar y resolver obras que solo pueden surgir al tener los materiales indicados.

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Paradójicamente, al entrar a la escuela de arte, Johnston tuvo el reto de enfrentarse a la artesanía y la pulcritud de los resultados en el trabajo, sin embargo, este reto terminó siempre en decepción. Decidió aceptar su “falta de habilidad” para las artesanías y permitió que aquellos objetos que recogía compulsivamente fueran los encargados de dirigir el resultado de su obra de arte. En otras palabras, se liberó de toda expectativa e idea preconcebida, lo cual permitió que la exploración, la sorpresa y el juego hicieran parte del proceso y, de esta forma, su trabajo fluyó de manera extraordinaria, lo que desembocó en la creación de ready-mades canibalizados que poseen un contenido inherente por las historias previas y las cualidades formales de los materiales. No es de extrañar entonces que grandes artistas como Duchamp, Damian Hirst y Robert Rauschenberg, entre muchos otros, sean parte de su lista de ídolos inspiradores.

En la creación de sus esculturas, Johnston Foster ha buscado aventuras, giros en las tramas, pistas falsas que al final sorprenden a través de la forma física y la interpretación. Ha meditado con su obra sobre la supervivencia humana, la relación de la humanidad consigo misma y con los demás pero, sobre todo, en cómo dichas relaciones afectan el entorno y el ambiente. Existe entonces fatalidad y violencia en sus imagenes, fatalidad equilibrada por una dosis de humor y un optimismo que surge de la reutilización y el renacimiento de los materiales encontrados por este cazador de historias que cree fielmente en la idea del “hágalo usted mismo”; que cree y se inspira en aquellos visionarios que con poco hacen mucho, como los niños de África que construyen un balón y las aves del paraíso que construyen elaboradas estructuras solo para cortejar.

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Su juego creativo se ha inspirado en la verdad y la libertad que surge de estos modos de supervivencia y expresión, en aquellos artistas que crean exclusivamente para satisfacer su deseo ardiente de crear, en su también talentosa esposa y en el espíritu, la energía y la imaginación sin filtro de sus tres “salvajes” hijos. Johnston Foster ha creído en el arte, su arte, pues esta le ha dado propósitos y libertad. Libertad de explorar, criticar, confirmar y expresar aquello que de otra forma no es posible.

Este artículo fue publicado en la edición impresa N. 76. de la revista ARTE AL LÍMITE.

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